Sin la exclusividad del punto de vista individual parece estar desarrollándose un ritual. Movimiento sensual del orden del tiempo; más cuartos oscuros en los pasillos del destino, siempre para confundir, para jugar... Un ser danzando en círculo, un claro en el bosque, sensibilidades despiertas.

agendapropia en ficciones presenta un relato donde se vuelve a un pasado partiendo de un punto final, de un punto exánime. Las sentencias que se escriben en la memoria, las voces y los temperamentos que se grabaron en ciertas instantáneas, se asoman en algún momento, de la forma… menos pensada.

‘Sosias’, un relato que examina el lado oscuro de dos familias cuyo destino está irremediablemente escrito por el crimen, la venganza y la ambición. Con este primer capítulo titulado ‘Sofía’, nos internamos en su trama… descúbrala.

Foto: David Bustos
Sofía
Mientras subía el taxi la vía, la veía en la profundidad de la casa. Daba la espalda. Giraban los hielos del whiskey en el vaso de ella. La luz llegaba de la lámpara de columna ubicada en la esquina de la sala del fondo. Desde la penumbra él entró. No se escuchaba mayor ruido en la noche.
— ¿Hace rato llegaste? —Víctor preguntó. Fue a la mesa central, tomó un vaso y sirvió un poco de la botella.
Las luces de la ciudad se alzaban en el horizonte, el taxi disminuyó la velocidad para sortear las depresiones de un tramo de la carretera. Víctor sentía calor, necesitaba poner orden a las cosas. Esta repentina tensión solo indicaba algo. La conocía.
— Sorpresa —musitó ella. Viendo la silueta de Víctor a través del vidrio del cuadro de la pared.
— ¿Qué pasa? ¿Algo que me quieras decir? —Víctor dejó vacío el vaso—. ¿Por qué tanta seriedad? ¿Hoy no hay juego?
Ella volteó lentamente.
Cuando bajaba la velocidad Víctor se sentía inquieto. Las ideas en su mente no hallaban un orden lógico debido a la oscuridad que iba abarcándolo todo hasta envolver el automóvil. ¿Por qué la mirada severa del taxista? Control. Abrir y cerrar la mano izquierda. Control. Su imaginación se extralimitaba en suposiciones tremendistas.
—Hoy todo está en juego —lo miró serena. La palidez de su rostro explicaría muchas verdades de una belleza kantiana. Armonía absoluta entre el poco rubor que utilizaba y la expresión seria y atractiva. El tiempo no horadaba su gracia.
— ¿A qué te refieres? —Víctor dejó el vaso en la mesa y se sentó en el sofá, esperando la explicación de la sentencia.
—Víctor, ¿consideras que la vida ha sido justa contigo?
Él bajó la mirada y su pensamiento taladró el suelo, la tierra y se hundió en tantas imágenes como podían pasar en el ringlete veloz de sus recuerdos.
Prendió un royal en la acera, enfrente del hospital. Mediodía. Ana llevaba el lapicero a su oreja y le hablaba a la cajera. Le gustaba verla en todos sus contextos. Lucía simpática en uniforme. Era necesario retomar las riendas de su destino, y veía en Ana una excelente oportunidad para intentarlo. Llevaba un jugo, reía, apuntaba otro pedido. Ignición. Pasar la calle. La cajera silbó. La sonrisa de Ana. Un segundo Patricia, ¿qué hacés acá? Vine a recordarte. ¿Recordarme qué? Seriedad diluida por una mueca cariñosa. Claro tontín, no me voy a olvidar… además necesitamos hablar. Sus ojos, arena, tiempo, agua. Su esencia, bosque, viento, río. Mejilla izquierda muy cerca, hilo de voz: en el Media Naranja, misma hora, misma habitación, no te fallo.
Volvieron sus ojos a ella. Le dolía el brazo.
—Justa… me he encargado de que así sea. De mí depende el concepto.
—Es bueno tener muy claro el concepto. Justicia. Todos a defender su propio concepto —llegaron sus ojos a los de Víctor y en un último momento, después de un detenido mutismo, esbozó algún rastro de sonrisa.
Dejó el vaso en la mesa, tomó un cigarrillo y fue hasta la ventana. Fuego en sus ojos. Todo estaba sumido en el silencio. Alcanzaba a observar la entrada custodiada. Los perros estaban ya encerrados.
—Claro que puede volverse un poco turbadora la idea de que cada quien defienda su concepto tal y como lo imagina. Justicia Víctor. Este es un país donde la justicia se vuelve un proceso individual. Tantos conflictos…
Las luces altas del taxi alcanzaron el aviso del motel. Víctor se dispuso a darle las órdenes al taxista para que no hubiera confusión. Las tiras de cuero se abrieron, se desplazaron alrededor y estimularon su deseo. La reserva. Siete. Al fondo a la izquierda por favor. Bajó al garaje. Despachó el taxi y entró a la habitación.
Diez y cincuenta de la noche en su reloj. Pidió una botella de ron y dos colas. Abrir y cerrar la mano izquierda constantemente. No eran malos presagios, hace rato que no somatizaba el desequilibrio de los ambientes. Tenía tropiezos en la circulación, el cigarrillo. Sí, era eso, estaba convencido. Se acostó boca arriba. Observó su reflejo. Cartas blancas. Había que actuar rápido.
Recordó que siendo niño al acostarse boca arriba y quedarse sumido en la irreflexión del vacío era proclive a tener pesadillas. En alguna ocasión gritó trastornado, pues le pareció que un alambre de púas caía del techo directo a su garganta. Que susto entonces se llevó la hermana. Su reflejo en el techo palpó su cuello.
—Buena es la justicia si no la doblara la malicia —dijo Víctor, observándola irradiar el humo al vacío oscuro.
Como si no hubiese escuchado a su interlocutor, ella prosiguió:
—…y una única solución. La justa. ¿Me sirves otro?
Mientras preparaba la bebida, Víctor respiraba profundo; quería oxigenar a tal punto su mente que le permitiera concentrarse en la actitud que adoptaba ella. Cada palabra, cada silencio, cada expresión. Leer entre líneas, lucidez.
Ella cogió el vaso sosteniendo la mirada de Víctor. Bebió un sorbo y se dirigió nuevamente a la ventana.
—Hoy ha sido un día extraño. Tal vez por la sensación con la que me levanté. Hace rato no soñaba con tanto nivel de realidad —dijo ella mientras Víctor veía cómo perdían su forma original los hielos de la cubitera—. La conciencia de mis actos me sorprendía bajando una escalera en caracol. Una estructura de metal a través de la cual alcanzaba a observar un punto iluminado en la planta baja. Era espesa la penumbra que me rodeaba, pero automáticamente mis pasos se dirigían a ese punto de luz —lanzó el cigarrillo y vio cómo su extremo de fuego se perdía en la negrura—. Al llegar me daba cuenta que era una mesa de juego iluminada por un foco cenital muy bajo. Unas manos salieron del lado opuesto y desplegaron tres cartas, todas cerradas. Hasta ese momento no sentía ningún tipo de miedo. Mis acciones eran dirigidas por esa inquietud automática por la cual funciona la lógica del mundo onírico. Pero el miedo apareció al reconocer esas manos. Eran las mías. Fue entonces cuando esas manos desde el otro extremo comenzaron a destapar las cartas desde mi lado izquierdo. Destapó la primera. Una carta en blanco. Destapó la segunda. Otra carta en blanco. Destapó la tercera… y al ver la dama de picas la cerrazón fue total. Terror. Sentí terror —bebió.
Al abrir sus párpados lentamente Víctor se sobresaltó, una mano se retiraba, como si hubiese estado cerca de su rostro. Se incorporó. Se había adormecido brevemente. Las once de la noche. Sonó el timbre. El pedido, recordó. Fue hacia la ventanilla y abrió.
— ¡Ehhhhh! —el rostro de Ana apareció repentino.
— ¡Juemadre! —gruñó Víctor.
— Aiiiii lo siento, lo siento mi amor —mientras hablaba se dirigía a la puerta para ingresar a la habitación. Víctor le abrió y Ana lo abrazó—. Vi la posibilidad porque venía el man del servicio y no me pude contener —se reía a la vez que pedía perdón con sus particulares arrumacos.
—No pasa nada linda —recibió la bolsa y cerró la puerta, mientras Ana se dirigía a la cama con cierta actitud juguetona.
—Hace rato no te quedas —dijo ella, con gravedad, sintiendo diluirse de su pensamiento la oscuridad terrorífica.
—Sueño tan raro… —respondió maquinalmente Víctor—. ¿Mmmm? Mucho trabajo, ehhmm… a propósito vine por unas carpetas. Necesito verificar unos documentos en el casino. Así que… —se dirigió hacia ella y le rodeó la cintura—. Cuando salga de estas cosas pendientes hacemos algo, ¿te parece? Hoy por qué no descansas.
Ella dio vuelta.
—Sumas y restas, todas juntas, todas justas —asintió—. Que cierren las cifras, cariño.
Víctor le dio un beso en la frente y se alejó. Ella percibió un ‘te llamo mañana’ desde la oscuridad. Escuchó a lo lejos la puerta. Trató de identificar su rostro reflejado en el vidrio del cuadro que tenía enfrente.
—No será necesario —dijo, reconociendo tenuemente su expresión.
Víctor acabó de preparar dos cubas libres y se dirigió a la cama. Ana estaba acostada casi en la misma posición en la que estuviera Víctor instantes atrás. Se observaba en el techo.
—Toma —Víctor le alcanzó un vaso. Ana se incorporó.
Nuevamente el aviso del motel se vio iluminado. Un Mazda 3 Sedán Automático pasó por la entrada lentamente y fue a estacionarse cincuenta metros más adelante.
—Salud —ambos sonreían a la vez que llevaban el vaso a la boca.
—Mi amor —dijo Víctor, tomando el vaso de Ana, dejándolo en el suelo, junto al suyo—. Ya lo he pensado bastante, cosas que se tengan que hacer, las hacemos en el camino. Vámonos. Para comenzar ya tengo algo arreglado, pero no podemos darle más largas al asunto.
— ¿Algo arreglado? —se escuchaba la voz de Ana a través de un monitor de audio digital.
—Para comenzar está muy bien. Confía en mí.
—Claro que confío en ti.
— ¿Entonces? —Víctor esperó la respuesta de Ana, sin embargo vio que su expresión mudó totalmente.
—Necesito decirte algo muy importante —Ana se puso de pie e instintivamente Víctor la siguió.
— ¿Qué pasa? —preguntó Víctor con el mismo tipo de seriedad arrogada por Ana.
El silencio en el monitor de audio se hizo extenso. Se escucharon pasos, hasta que al fin la voz de Ana interrumpió un suspenso.
—Estoy embarazada.
Unas manos fueron al volumen del dispositivo digital y en seguida buscaron la cigarrera de plata.
—Víctor.
El desconcierto en el rostro de Víctor se hizo evidente. Ana caminó hacia atrás y se apoyó en la pared. Sus ojos temblaron.
—Hay que… hay que organizarlo todo, ordenar, ordenar las ideas —Víctor se sentó, cogió su rostro apoyándose en sus rodillas. Un raudo e incisivo dolor recorrió su brazo izquierdo.
La mano derecha de quien fumaba en el Mazda 3 pasaba las páginas de un álbum familiar. Se detuvo en una fotografía. Su índice se posó en el rostro del centro, era el de Ana, lo acarició y se desvió para rozar la boca de quien se ubicaba al lado derecho de la imagen. Un señor de barba, de actitud distinguida.
— ¿Vamos a abortarlo?, ¿eso querés?—se le quebró la voz a Ana. Su mirada se nubló rápidamente por las lágrimas que aparecieron.
En el monitor de audio digital se escucharon pasos, como si Víctor se estuviera aproximando a Ana y con mucha delicadeza tomara su rostro. ‘No, mi amor. Vamos a vivir todos. Vam’. La voz de Víctor se cortó. La mano derecha de quien fuma apaga el monitor. Esa misma mano vuelve a la fotografía y con su uña, pintada de negro, rasga el rostro del hombre que acompaña a Ana.
Ambos se observan. Víctor. Ambos ríen en la profundidad. Ana. Labios inexpresivos. Ambos tiemblan. Sus ojos se encuentran, hablan con el lenguaje del silencio, del entendimiento sin necesidad de palabra. Cómo se abrazaron, cómo recorrieron sus manos el aire para estrecharse, para compenetrarse, para volverse un ser, un silencio, un sueño de párpados cerrados llenos de saliva.
Abrieron la puerta trasera del Mazda 3. Ella lanzó el cigarrillo a la cuneta.
— ¿Qué hacemos entonces Señora Sofía?
Observaba la oscuridad del túnel en el horizonte y con su muy bien lograda voz grave, femenina, sin mirar a Arturo, el escolta, dijo:
— A él lo colgás. A ella me la traés… necesito a la criatura.
§
Escritor: David Bustos (Popayán, 1981). Colaborador agendapropia.com
Discusión interior, espiritual, miedos y hallazgos. Un relato donde nos acercamos a la idea de religión, a la idea de un dios desde el pensamiento del protagonista. ¿Qué está mal hecho? ¿Qué está bien? Más allá de los actos y los sentidos... un reconocimiento.

Foto: David Bustos
La confesión
–¡Siguiente! –gritó el sacristán. El rostro del joven que bajaba del altar cuidadosamente observaba sus pasos. Un desplazamiento ascético le permitió bajar los tres escalones que separaban el pódium del salón parroquial. Él lo observaba desde el extremo de la banca ubicada al lado derecho del salón. Aquel joven compungido siguió caminando y desapareció en medio de la oscuridad que guardaban las bancas de la profundidad.
Y rezar supongo. Qué habrá contado. ¿Por qué para todos es tan fácil contarlo todo? ¿Cuentan todo?
–¡Siguiente! –se volvió a escuchar el grito. Un joven se levantó de la segunda banca y se dirigió al altar. El padre estaba sentado en una silla al lado de la entrada de la sacristía, con aquella actitud de reflexión, una mano soportando el brazo que escondía el rostro, permitiendo la abertura del pensamiento o la conexión espiritual requerida para la tarea abordada.
Olor a cemento, a humedad, a polvo. Una iglesia sin imágenes. Había corrido ya un buen tiempo desde su fundación en el barrio, pero igual, hasta ahora no alcanzaban las ventas de empanadas para hacerse con una escultura que realzara la parquedad de la construcción. ¡Y acá volvés confesado, oiste!
No entendía por qué su madre le daba a todo un aire de obligación. Ya estaba dando hambre. Por turno era un promedio de cinco minutos. Ya había transcurrido una hora y veinte, y del extremo de la banca solo atisbaba el flujo de contritos, pero no hallaba el impulso final que lo dirigiera hacia el estado impoluto. Sin manchas, ¿por qué contárselo a él, hmmm? Hubo una correría de murmullos. ¿Quien me escucha es Dios? Y si es Dios, ¿por qué recurrir a un mediador si yo ya hablo contigo? Ya lo sabes. No. Bobadas. Para no sentirme así es una obligación contarlo.
No se dio cuenta del último grito del acólito. Los jóvenes de las primeras bancas comenzaron a circular. Inquietud. Tener que. Obligación. Se puso de pie y con paso incierto inició la aproximación. El padre hablaba con su ayudante. Primer escalón. Dos jóvenes murmuraban a poca distancia. Observó el pasillo que daba hacia el arco de la entrada. Feligreses aparecían en el blanco. Segundo escalón. Cómo abordarlo. Tener que. Tercer escalón. Mirarse las manos.
El párroco se dirigió a la sacristía. Pasos lentos. Deber. Deber. Los siguió.
Cuando ingresó al pequeño cuarto fue observado con extrañeza. La reacción fue automática para no extender alguna incomprensión.
–Padre, es que…–No se atrevía a seguir, estaba petrificado. La mirada de molestia del asistente igualmente lo incomodaba.
Las acciones sucedían sin ninguna modificación. El sacerdote se quitó su saco y lo tendió en el espaldar de la silla contigua. El diácono desdobla el alba.
–¿Qué quiere? –con voz grave y un rictus intimidante el párroco se dirige a él.
–Padre, es que…
–¡Hable joven!, ¡no ve en lo que estamos! –resonaron las paredes.
–Padre, es que fal…falté… para… No alcancé a confesarme…
–¿Cómo así? Y es que, ¿a qué hora llega? Hoy madrugaron todos para esto. Si se dice a una hora es a esa hora.
–Mil disculpas Padre…
Un blanco litúrgico había cubierto al sacerdote. El diácono disponía en la mesa el roquete, el cíngulo. La tensión que estaba experimentando en su interior era absurda. No era miedo, era…
–Ven aquí.
Se acercó midiendo la distancia, de tal suerte que fuera la mínima para evitar cualquier tipo de filtración de información que produjera un cambio en el gesto del ayudante. Este último trabajando silencioso con curiosa mirada de soslayo.
El cura habló entre dientes. El pálpito en su corazón lo alejó un instante de la realidad. Observó el perfil del párroco, su oído.
–Padre, he pecado. He… he cometido…– bajó aún más su voz –actos…impuros.
Una señal con el dedo y una aclaración de garganta fue la orden para que el sacristán lo esperara afuera. Pálpitos, ahogo, mirar las manos. El párroco cerró la puerta y pasó el pestillo.
Los feligreses iban llegando a su cita de las once de la mañana. Las sombras se desplazaban, crecían en medio del blanco y se ubicaban en sus puestos. Él se enmudeció y dejó de escuchar. Un perro se lamía su lomo y pretendía dirigirse hacia el interior de la iglesia. Absolución. Absolución. ¡Ehhhhh!, ¡fuera! Shhhh.
El silencio se rompió. El sacerdote se puso de pie y limpió su boca con la estola purpúrea. Ojos cerrados. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Entre las siluetas que cubrían el horizonte, buscó la salida. Al traspasar el arco de la entrada descubrió la idea que estaba presente en su mente y no había sido reconocida. Se miró las manos. Sonrió. Se sentía bien estar en paz con su espíritu. Se sentía bien hablar de placer con Dios.
§
Escritor: David Bustos (Popayán, 1981). Colaborador agendapropia.com
En ficciones llega otra oportunidad para el género del cuento. Una historia con sabor de realidad. Historia donde se juega con la distancia que nos separa de los sueños. Llega el momento en donde el mundo onírico nos comunica con la lucidez de las ideas, de la verdad.

Foto: David Bustos
El proceso
¡Ayúdame!, ¡ayúdame! Antonio no sabía por qué seguía escuchando su voz. Al ubicar el acostumbrado vaso de agua sobre su nochero, distinguió un perfume femenino. La noche llegaba. Una oportunidad para hablar con ella. Quitó el cubrecama. Rezó sus plegarias favoritas y cerró sus ojos.
¿Por qué te demoraste? Un rostro se delineó a través de una tenue oscuridad. Era ella. Era María. ¿Por qué te demoraste? Necesito que me ayudes a escapar. Ayer vi desde la tronera cómo acomodaban los cadáveres en el patio central. Tengo miedo. Los gritos en la habitación del dolor me van a volver loca. Mira, te dibujé algo mientras no estabas…
Antonio la quería besar. Quería rodear con sus brazos ese cuerpo frío, olvidado. ¿Te gusta?, dijo ella. La luz mortecina que llegaba del vacío pasillo a través de los barrotes, resaltaba la tristeza del semblante de María. ¿Quieres decirme algo? Ven, desde que llegaste no he podido verte bien. Antonio sentía que no podía acercársele mucho, sin embargo, ese hilo de voz cada vez lo atraía más.
Sonó el reloj de la pared. Eran las cinco de la mañana. Antonio veía aún el arrugado bosquejo. Al parecer era el diseño de una mariposa. Pasando sus dedos entre los lánguidos trazos, trató de revivir la voz de María.
Percibió el frío de la habitación. Un eco se desvanecía en su mente. Se levantó de inmediato; escribió las últimas palabras de María en una hoja; instaló los accesorios para ejercitarse al lado de la cama y ejecutó su rutina hasta que los rayos blancos se filtraron por la persiana.
Buenos días señor Antonio, por la puerta se asomaba un rostro. Era su hermana. ¡Qué carita! ¿Seguís pensando en lo mismo? ¿No me vas a decir qué es? Antonio no respondió. Bueno, si querés, te acercás a la cocina, acabo de hornear unos pandebonos.
Ese dibujo decía muchas cosas. Era la esperanza que guardaba María de salir de aquella mazmorra, eran los trazos de su fe, de la confianza que depositó en él, creía en él. Viéndose en el espejo, no soportó más. Tenía que ayudarla.
Del nochero Antonio sacó unos somníferos, tomó seis pastillas y se desplomó entre las sábanas… Hola, cuéntame algo… ¿Sigue saliendo el sol? Extraño el sol. Extraño tantas cosas. Fueron las palabras con las que le dio una nueva bienvenida. Cada palabra lo hería. María, tengo que decirte que…, articuló él. Era la primera vez que le hablaba, y en el mismo instante cuando escuchó su voz golpear las paredes del calabozo, notó que el rostro de ella se contraía, se descomponía. Expresión de espanto, de terror. María gritó de pronto y se tiró en el suelo arrastrándose hasta una de las oscuras esquinas. Efectivamente fue la voz de Antonio la causa de su reacción. Los gritos se hicieron más fuertes. Antonio despertó.
Estaba sudando. Miró el reloj de la pared. Cinco de la tarde. Notó que su hermana se encontraba al pie de la cama. ¿Qué pasa?, preguntó Antonio. Su hermana le extendió la primera plana del periódico y musitó, con afligido tono: Antonio.
En la primera plana se leía: “…el pueblo implora reparación. El ex coronel Antonio Villas debe pagar por los crímenes de lesa humanidad, las torturas y los asesinatos extrajudiciales en los que participó (…) Se ha identificado uno de los cuerpos de la fosa de cadáveres de estudiantes que se halló en el kilómetro 32. Corresponde a la desaparecida líder María Cáceres…”.
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Escritor: David Bustos (Popayán, 1981). Colaborador agendapropia.com
El escritor Bernardo Ibarra Pérez, en su libro 'Cuentos de Tío Conejo' presenta una serie de fábulas infantiles, cuyo personaje central es un inquieto conejito, muy representativo en la tradición oral de los habitantes del sur del Cauca. El Valentón Tío Gallinazo, es nuestro texto recomendado.

Imagen utilizada en la caratula del libro Cuentos de Tío Conejo.
El Valentón Tío Gallinazo
Decidió Tío Conejo regresar a su cueva inicial; su tiempo en aquel hermoso lugar ya había terminado y además Tío Tigre no se atrevería a maltratarlo, luego de haber conocido a Hojarasquín del Monte y su formidable arma de guerra. Tío Lobo y Tía Chucha no serían gran problema, con su astucia le sobraba y le bastaba.
Un día, cuando recogía algunas yerbas cerca de su cueva, se vio sorprendido. Juá, juá, juá, jua..., un animal negro y grande se aposentó muy cerca de él. Era Tío Gallinazo.
_Ah, desgraciado, así era que te quería coger; ahora que nos encontramos de manos a boca es cuando vamos a arreglar el problema _ aseguró Tío Gallinazo con tono amenazante.
Tío Conejo recordó la fiesta y, muy tranquilo respondió:
_Vea, Tío Gallinazo, usted no se ponga de bravero comnigo_ .
Y mirando fijamente a los ojos de Tío Gallinazo, prosiguió:
_Usted lo que tiene es hambre y frío.
Tío Gallinazo se sorprendió. ¿Cómo se había enterado Tío Conejo de su situación?
_Cállese, Tío Conejo, no...
_No, no, no, no, Tío Gallinazo, tranquilícese. Óigame lo que le voy a decir. Es verdad que nosotros tenemos nuestros problemas, pero voy a ser bueno con usted, pues en este momento se está perdiendo de comer un mocho, un caballo muerto que está acá abajito.
Tío Gallinazo, que siempre ha sido un hambriento, se olvidó de su olvido de su problema con Tío Conejo y preguntó:
_ A'donde e'tá?.
-Allí abajito e'ta; váyase eso sí comañitica no más y el primer picotazo se lo pega por detrás, en la cagalera que la tiene abierta.
Juá, juá, juá, jua, voló Tío Gallinazo en busca de su mocho yacía en una planada. Tío Gallinazo se acercó muy despacio, tal como Tío Conejo le había indicado. Mientras tanto, Tío Conejo se ubicaba a prudente distancia.
Tío Garrapatero, que encontraba cerca de ahí, seobre la rama de un árbol y adivinando las intenciones de Tío Gallinazo, lo previno:
_ Viiiivo e'tá, viiiivo e'ta.
_Mue'to, mue'to _ contestó Tío Gallinazo.
_Viiiivo e'ta, viiiiivo e'tá.
Pero Tío Gallinazo no escuchó. Se acercó a la parte trasera de Tío Mocho y metió la cabeza por donde Tío Conejo le había dicho.
De repente... se levantó Tío Mocho y corre que no ha corrido, con la cabeza de Tío Gallinazo con su interior.
_Apriete, apriete, Tío Mocho, apriete, apriete, Tío Mocho _gritaba Tío Conejo.
Y Tío Gallinazo escarbe que escarbe en la cola de Tío Mocho.
Pero sus esfuerzos eran en vano. Por cada arañazo que daba, Tío Mocho más corría y más apretaba la cagalera, y Tío Conejo que reía y gritaba:
_ Apriete, apriete, Tío Mocho, apriete, apriete, Tío Mocho.
_Yo dije que viiiiivo e´taba, viiiiiivo e'taba _gritaba Tío Garrapatero, que también reía.
_Viiiiivo e'ta, viiiivo e'ta.
De pronto, en su loca carrera y debido a la intromisión de Tío Gallinazo en su cagalera, cagajoneó Tío Mocho. "Pruac, pruac". Cayó Tío Gallinazo con mierda y todo al piso.
Tío Gallinazo en el suelo y aturdido por lo sucedido, sólo atinó a decir:
-Joy, joy, si Tío Mocho no cagajonca, me horco hoy.
A lo lejos Tío Conejo reía, reía y reía. Tío Gallinazo estaba sin ánimos. Al rato aseguró:
-Juró y perjuro, primero al ojo y después al culo-.
Aún así, jamás Tío Gallinazo ni sus descendientes olvidarán a Tío Conejo, pues cuando van a comer de algo, dan un picotazo y luego un salto atrás; además, gracias a Tío Conejo y a Tío Mocho su cuello y su cabeza no tienen plumas como el resto de su cuerpo.
Perfil del escritor invitado. Bernardo Alexánder Ibarra Pérez. Nació en Olaya en 1.969 en el municipio de Balboa, Cauca. Antropólogo de la Universidad del Cauca, especialista en Alta Gerencia y Gerencia de Servicios de Salud. Participa activamente en la divulgación de las manifestaciones del patrimonio cultural inmaterial de la comunidad afro en el departamento.
"Cuentos de Tío Conejo" es una recopilación y adaptación de historias sobre Tío Conejo. Personaje con mucha alegría y picardía que hace parte de la tradición oral de los habitantes del sur del Cauca, especialmente los niños del gran territorio patiano.
El libro hace parte de los textos que conforman la 'Colección del Bicentenario'.
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Cinco microcuentos tomados del texto 'El Jardín del Rinoceronte' del escritor Marco Antonio Valencia Calle, son las lecturas recomendadas por agendapropia.com. El autor con breves historias recrea sucesos de la cotidianidad. El libro hace parte de la Colección Bicentenario de Autores Caucanos.

Imagen utilizada en la caratula del libro 'El Jardín del Rinoceronte'.
La Duda
Una mujer tomó su píldora del día
después. Aun así no pudo evitar
engendrar la duda.
Amor de Aeropuerto
La casualidad permite el reencuentro
del secuestrador y su víctima. Se
miran. Ella recuerda los sufrimientos.
Él, un frío insólito de amor por ella.
Crimen Pasional
Quiso suicidarse por amor y no pudo.
ahora no tiene ni humor ni amor pero
salió en las páginas de un tabloide
amarillista.
Transformación
Era un gordo radiante. Debajo de la
piel tenía muchas ganas contenidas.
Un día cerró los ojos y dejó soltar todas
sus ganas. Ahora es un flaco infeliz.
El Ladrón
Robar era lo suyo, pero a una mujer
tan bella como María bien merecía
despojarla de un beso aunque hubiera
sido con los dones de la imaginación.
Perfil del escritor invitado. Marco Antonio Valencia Calle cursó estudios universitarios en literatura, pedagogía, filología hispánica, derecho y gestión cultural. Se ha desempeñado como docente universitario y de educación media (1996-2011), como asesor cultural de la Gobernación del Cauca (2009-2011), consejero Nacional de Cultura, director de la Escuela Formación Literaria del Cauca, miembro de la Asociación Caucana de Escritores, y coordinador del Programa Caucanizate - Gobernación del Cauca. Es un reconocido escritor caucano que ha publicado varias obras literarias como Oscuro por Claritas (2000), El Profesor Espantapájaros (2005); los libros de cuentos Invisibles (2009), La noche del trapecista (2010); y libros de poemas como Los versos de la Iguana (1999, 2005) y Bestiario Familiar (2004).
Ghena es un poema con tinte nostálgico que hace parte de los escritos de Raúl Ledezma, un joven nariñense amante de la buena literatura, la poesía y la crítica. El poema en sus líneas refleja la muerte, el dolor y el miedo. Ghena es el recomendado de agendapropia.com en nuestra sección Ficción.

Ghena.
No te acerques a mi lecho de muerte.
¿No ves que el pelo se me pudre?
Tengo llagas en los dedos.
No.
Hay madera negra y tedio.
Materia de miedos infantiles.
No te acerques a mi lecho de muerte.
Esas nubes frías de gente me irritan.
Desnudos a la espera como en el vientre de la madre,
todos desnudos.
Feto encapsulado, acurrucado, sediento....
Quiero ser la rama en la cortina, la presa,
esa claridad que encierra.
Como fruto del árbol pendenciero viajo encapsulado
al encuentro de mi padre.
Muerte bellísima, pacífico es tu juego de carne.
No te acerques.
Ya no percibo el ruido de la vida.
Y tu limpísima piel a la espera de mi roce hosco.
¿No ves que la boca se me pudre?
La voz se cansa.
Habito el universo detenido.
La plantación, millares de frutos desnudos
y mal olientes.
Ya no se oye nada.
Huelo tu mano blanca en esta penumbra tan densa.
Huye liana de las ganas.
Habito tanta quietud, no quiero tu
manilla de colores en mis dedos roídos.
Puedo ver la esencia de los frutos dormidos,
miles y pequeños hilillos de sangre
en sus núcleos.
Mañana seré realidad, materia de sueño, pasión fabulada.
Mañana mis dedos, tan firmes y tan limpios,
te rosarán la mejilla.
Y tendrás miedo.
Vete, abriré los ojos bajo la presencia anhelada y la deidad de lo justo.
Mañana me pondré tu manilla, cuando aquello que
espero me detenga por fin en la quietud,
y me trague.
Perfil del escritor invitado. Raúl Ledezma (Natal de La Cruz Nariño). Tiene unas ganas tremendas de graduarse de Comunicación Social, pero se las aguanta. Le gusta el cine con un buen café negro, el rock y el flamante folklor del carnaval. Leer a Roberto Burgos Cantor y a Poe en las noches. Las situaciones más simples y cotidianas son su punto de fijación favorito para tratar de contar alguna historia. No puede acabar el día sin haberse reído al menos una vez y haber hecho reír a alguien. Últimamente anda tratando de formar un periódico local en su terruño para que la in-formación no se le pierda entre las alcantarillas. Contacto: http://virtualmentencerrado.wordpress.com/.
Nota: Si tienes un escrito que quieras que resaltemos en agendapropia.com por favor escríbanos a Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla. .