Tiempos de guerra

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A sus 79 años, Rubén Imbachí, relata apartes de la historia que vivió en los años 50's con el escuadrón de Caballería de la XVI Brigada del Ejército Nacional de Colombia, en el Casanare, cuando el gobierno nacional del general Rojas Pinilla enfrentaba una lucha contra la violencia bipartidista.






Por: Omar Galvis

Especial para agendapropia.com

 

Y sólo se veía pasar una mancha roja. Sus cuerpos los habían tirado al río Túa. Flotaban desnudos, mientras la corriente los arrastraba al remolino más cercano.

 

Mi capitán estaba hecho pedazos. Pero estaba vivo. Él también había escapado de la horrorosa modalidad que utilizaban las guerrillas del llano para callar a sus enemigos. El corte franela consistía en cortarle el cuello a la víctima y por la herida sacarle la lengua que quedaba expuesta y colgando, imitando una pequeña corbata.

 

Estábamos en medio de la nada. Entre Aguaclara y Monterey. El batallón Páez de Yopal se encontraba a siete días caminando. Así que decidí subirme a un árbol y agitar la bandera de mi patria hasta esperar a que uno de los Bell 47, la nueva adquisición de la fuerza aérea, lograra reconocerme.

 

Después de eso quise retirarme pero la guerra era una forma de sobrevivir. El gobierno del general Rojas Pinilla había declarado fuera de la ley a los comunistas, distancia con liberales, y exclusión del gabinete a los laureanistas. Un panorama que presagiaba una gran ola de violencia.

 

A nosotros mi capitán Bueno, siempre nos decía "sálvese quién pueda". Y no era para menos. La crueldad que por esa época rodeaba al país, hacía que la muerte se convirtiera en algo más que alcanzar el paraíso.

 

Por esos tiempos, los Llanos eran un campo de batalla. Mi cargo como Dragoneante no me permitía salir a combate, pero sí a dejar provisión de alimentos a los 63 puestos de control que protegían el departamento de Casanare.

 

Los recorridos eran largos. Apenas había carretera de Sogamoso hasta Aguaazul. En el día utilizábamos los caballos hasta cierto punto y después seguíamos a pie, por seguridad. El grupo guerrillero liberal, al mando del comandante Guadalupe Salcedo, siempre estaba pendiente. Se adueñaban de los caseríos cercanos y desde ahí nos atacaban.

 

El fusíl y la remesa para los soldados era lo más pesado. No podíamos comernos las provisiones, así que comíamos una fruta que era parecida a la auyama, tenía el mismo sabor de la papaya. También nos gustaba comer raíces y uno que otro cachicamo que aparecía en medio de la extensa selva.

 

Cuando llegábamos les compartía bocadillos y cigarrillos a los soldados. Siempre nos repetían que la guerra contra las guerrillas liberales, estaba dura. ¡Están por todos lados! decía el soldado profesional Hoyos.

 

El panorama era desolador. La mayoría de los pueblos eran una laguna pero sin peces. La guerra los había espantado. El gobierno de Rojas Pinilla nos les dejaba otra opción.

 

Así que el pacto de Benidorm se convertía en la nueva era de la paz. Con la creación del Frente Nacional, se creyó que la guerra había cesado. Pero lo que se originó fue una cadena de violencia que ha perdurado hasta nuestros días.

 

Ahora tengo 79 años. Cuando entré al ejército tenía 21. Han pasado casi 60 años y nada ha cambiado. Más tarde seguimos hablando mijo, ya casi empieza el programa de las muchachas de las piernas bonitas y no me gusta perdérmelo.



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